lunes, marzo 02, 2009

La pelusita

Era un lindo día para no hacer nada. Vestido con lo primero que encontré —ropa más bien sucia, de entrecasa— me tiré en el sillón; encendí un cigarrillo y me quedé mirando, absorto, una pelusita mugrienta sobre la alfombra torcida. Aguantando el cigarrillo entre los labios, me incliné hacia delante, estiré un brazo y alcancé a recoger la pelusita; me tiré hacia atrás y busqué con la mirada un cenicero; tenía que dejar la pelusita en algún lugar (me daba pereza ir hasta la cocina, abrir el tacho de la basura, tirarla), pero no había ningún cenicero a la vista. Maldije para mis adentros, hice un esfuerzo mental y me paré. Suspiré, me saqué el cigarrillo de los labios (porque el humo ya me irritaba el ojo derecho) y caminé un poco encorvado, sin ganas, por el corredor. Por supuesto, en la pileta de la cocina estaban todos los ceniceros, sucios —sin los puchos, pero sucios. Saqué uno (estaba mojado), lo sacudí, lo ubiqué sobre la mesada de mármol y le puse la pelusita adentro. Enseguida me di cuenta de que era estúpido dejarla allí, teniendo al lado el tacho de la basura.
De mala gana me agaché; saqué la tapa del tacho y la recosté contra la pared; luego me erguí. La pelusita se oscurecía y encogía, absorviendo parte del resto de agua que, pese a la sacudida, había quedado en el fondo del cenicero. La tomé con cuidado, con dos dedos; me dio bastante asco. Orienté la mano sobre la gran boca del tacho, y abrí los dos dedos; la pelusita, ahora pegada al dedo índice, no cayó. Sacudí la mano; tampoco cayó. Sacudí dos veces más, con fuerza; siguió allí, contra la yema. Quise recurrir a la otra mano; pero primero debía liberarla del cigarrillo. Busqué rápidamente un cenicero; me extrañó no encontrar el del arriba de la mesa ni el de arriba de la heladera. Enseguida hice una mueca de comprensión y mal humor; recordé que estaban todos en la pileta, y que tenía muy cerca el que había sacado para ponerle la pelusita. Pero no podía dejar el cigarrillo allí; el cenicero estaba húmedo y lo apagaría. Traté de ubicar el cigarrillo en el borde de la mesada y no logré equilibrarlo, se caía. Harto, maldiciendo entre dientes, me lo puse entre los labios —que era lo que debí haber hecho desde el principio.
Entrecerré los ojos (el humo era realmente muy molesto) y tomé entre el índice y el pulgar de la mano derecha la pelusa pegada en el índice de la izquierda. Enseguida salió. Pero ahora no caía de la mano derecha; lo intenté varias veces, cada vez con mayor vehemencia. Decidí, al fin, que lo mejor era agacharme de nuevo y desprender la pelusa rozando el dedo contra el borde del tacho. Así lo hice. Funcionó. Quedó pegada ahí, y volví a tapar el tacho, como una pequeña victoria.
Enseguida me saqué el cigarrillo de los labios, me refregué los ojos y caminé de vuelta por el corredor. Llegué a la sala. Me tiré de nuevo en el sillón, suspiré con alivio y vi, en la alfombra que seguía torcida, otra pelusita, esta vez más cerca de mis pies. No me hice mayor problema. Planté un pie sobre ella, y no la vi más.