sábado, junio 18, 2016

Lo que dije en la presentación de "Conversaciones en Do Mundo" de Sonia Calcagno

Estamos ante el tercer libro de Sonia Calcagno, y quizá cabe, para empezar a hablar de él, compararlo con los dos anteriores. El primero, Por ella morir, ya distante en el tiempo, era una homogénea y compacta colección de cuentos de estilo ceñido, donde casi todo se narraba desde la acción, desde lo visual, y desde un solo punto de vista; la modalidad más conversacional y de múltiples voces no se insinuaría hasta su segundo libro, Hotel Paris, publicado tres años atrás. Ahí, convivían aquel estilo originario con algo que comenzaba a revelarse y a transformarse; algo que hace eclosión ahora, en este Conversaciones en Do Mundo.
Que curiosamente, al igual que el primero, muestra una homogeneidad destacable: impera un único estilo desde el primer al último relato (lo que no caracterizaba al segundo, tan variado y al que ya podría considerarse como un libro de transición). Es que el cambio se ha consolidado; ahora el mundo de Sonia Calcagno se nos presenta así, como elaborado mediante un tono de conversación sutil, casi sin relieve, casi liviana, por más que los temas sean los de siempre y en absoluto resulten livianos. Resumámoslos: lo dificultoso, lo engañoso o hasta lo imposible del vínculo (sobre todo del amoroso), la fuerza ciega de la atracción y las sorpresas a veces ingratas que se esconden detrás de esa ceguera. Hay aquí, por supuesto, como siempre las hubo, buenas historias; ahora, sin embargo, toman formas menos nítidas y lineales y dependen más, en parte, de las percepciones y expectativas de los personajes, tantas veces de la voz que narra. O de las voces, porque el libro propone –no en pocas ocasiones dentro de un mismo texto- una rica polifonía de puntos de vista, que complejiza el entramado narrativo y hasta el argumental.
Todo ocurre en los ambientes característicos de la autora: rincones generalmente urbanos del interior del país, en un clima de clase media, calmo, cómodo, sin  aparentes problemas graves. Tarde o temprano, y los vamos sintiendo a medida que leemos, esa tranquilidad más bien superficial se verá rota. Sea por la irrupción del pasado –o de una nueva significación del pasado-, sea por la pasión o por el amor,  sea por el descubrimiento de un secreto, sea por un suave, pero determinante, cambio en el rumbo de las cosas.
Sonia Calcagno ha abandonado, se podría decir, cierta tendencia hacia lo fantástico. A cambio, se ha volcado hacia un realismo que, si bien no semeja apartarse de los parámetros visibles de la vida cotidiana, contiene en sí un nebuloso sustrato onírico. No se trata exactamente de sueños, sino de eso que se nos escapa en la vida, eso que no controlamos ni sabemos del todo, pero que intuimos y en estos relatos se plasma como un fondo más bien inasible que subyace a los acontecimientos. No sé decirlo mejor, pero creo que ahí reside el valor último de estos textos: en esa verdad oculta, casi indecible, pero de algún modo presente.
Porque hay una trampa; por detrás de su aparente llaneza, por detrás de lo que parecen ser los cuentos de alguien que ha vivido y sabe de qué habla, por detrás de las anécdotas con las que cualquiera quizá podría, hasta cierto punto, identificarse, late un caos invisible pero del que tomamos algún conocimiento a través de sus consecuencias; a través de las modificaciones de los destinos de los personajes. Modificaciones que en varios casos adquieren un matiz trágico, porque en estos relatos “de todos los días” podemos percibir, al fin, lo que la vida, en su trajín imparable, en su vorágine diaria, en su incandescencia, suele esconder a nuestra vista. Cabe decir, entonces, que Sonia Calcagno nos engaña, de algún modo, con su tono llano de quien cuenta una historia sin más. Lo hace apenas para enredarnos y golpearnos, tarde o temprano.
Cabe decir también, sin embargo, que este libro, en comparación con los anteriores, resulta ligeramente más esperanzado; no en cada momento, pero sí en alguno. Se entrevé, en más de un texto, la posibilidad de eso tan esquivo: cierta felicidad, o satisfacción. Es una nueva trampa que Sonia nos ha tendido y que nos toma tan por sorpresa como las otras.



miércoles, noviembre 25, 2015

Lo que dije en la presentación de Los diarios de Zulema, de Beatriz Dávila, 24/11/15

Antes que nada, quiero agradecer la invitación de Beatriz a presentar su libro, en parte porque eso me permite hablar de una autora a la que valoro y que considero digna de una mayor atención y hasta de una mayor fama, y me gusta contribuir a eso, y en parte porque es la oportunidad para darle la bienvenida al ruedo otra vez, luego de su primer libro en la colección de los flexes terpines, allá por 2001. Ha sido un largo tiempo entre uno y otro. Sin embargo, este, Los diarios de Zulema, se podría haber escrito poco días después de la publicación del primero, El tobillo derecho de Elvira. Si bien quizás se percibe ahora una sutil maduración del estilo y una relativa mayor complejidad en los argumentos, esto es un detalle; básicamente, resulta una continuación lógica, en temas y en preocupaciones literarias y sobre todo en la amenidad constante, del anterior. Con esto quiero decir que es muy bueno, tan bueno como el otro, uno de los mejores, a mi criterio, de aquella colección ya lejana.
Para empezar a hablar del que nos ocupa, se me ocurre que una buena manera es decir que si bien, como ustedes notarán cuando lo lean, ciertos temas y enfoques se reiteran de un cuento al otro, conformando un mundo narrativo muy coherente y particular, y esos temas casi invariablemente remiten a los tiempos lejanos, a los tiempos idos, a otra época en  que las cosas eran o parecían más simples pero también, en otro sentido, más difíciles, ese sabor de época que atraviesa a los textos de ningún modo los acerca a la mera crónica, a la mera constatación del cambio en las costumbres y las concepciones sociales. Por detrás –o podría decirse, por delante- de ese cierto parentesco con el costumbrismo, viven otros temas, infinitamente más importantes y, diría, universales.  El paso del tiempo es -a nadie se le escapa, sobre todo a los que ya hemos vivido algunos años-, a la vez, una tragedia y una comedia. De esa tragedia y de esa comedia, en esencia, habla la autora. Habla con voz ágil, eficaz y, como sabrá cualquiera que conozca alguno de sus textos, con una gracia totalmente propia, inimitable, que no deja de lado, sin embargo, a la angustia. Porque sonreímos cuando leemos un libro de Beatriz Dávila, eso es seguro; sonreímos y nos sentimos bien. Pero ese sentirse bien, jamás es fruto de la liviandad; aunque lo parezca, Beatriz nunca es ligera, no en el sentido de una verdadera despreocupación por las cosas que realmente nos tocan en este mundo; en este mundo que, como sabemos, no suele ser amable con nuestro deseos y más bien nos acecha en cada esquina. Así, junto a cada placer que nos ofrece –y son muchos-, junto a cada escena casi humorística o cargada de fina ironía, recibimos varios golpes, algunos muy duros e inesperados. Creo que es sintomático de esto uno de los cuentos –aunque todos lo son- llamado Taxi. La anécdota es mínima, minúscula, sin ninguna aparente trascendencia: una señora de cierta edad, cansada, se toma un taxi, y durante el trayecto ve salir de una casa de citas a un joven coreano, que, apurado, intenta parar al taxi, no dándose cuenta al principio de que este va ocupado. Las miradas –ella dentro del coche, él afuera en la calle- se cruzan un segundo a través de la ventanilla, y a partir de ese momento la imaginación se despliega; no sólo ella supone cómo será la vida de ese muchacho del otro extremo del mundo, qué hará en nuestro país, qué tan raro le resultará nuestro país, sino que, finalmente, se identifica de un modo profundo, que salva todas las distancias –nacionales, etarias, de género-: siente que la soledad del extranjero alejado de su patria es la suya, alejada de su pasado, de su antigua y relativa felicidad. Es gran mérito de la autora contar esta microscópica historia de un modo tan cotidiano, sin énfasis patéticos que la hundirían, y golpearnos sin embargo en medio del pecho, dejándonos sentidos durante un buen tiempo.  Como decía, comedia y tragedia.
Aunque la tragedia parece menos evidente. Pero está ahí, en todo momento, y creo que por eso Gandolfo habla en el prólogo de una sensación de presente absoluto. Es cierto; si bien estos cuentos asumen, a veces declaradamente, la apariencia superficial de un recuerdo –de la infancia, de la adolescencia, de la juventud-, nunca tendrían el mismo interés, la misma atracción, la misma potencia si la tragedia no pulsara por debajo del relato común y corriente, que puede evocar, justamente, al relato oral de un recuerdo. Aprovecho aquí para decir -porque imagino que muchos de ustedes conocen personalmente a Beatriz- que no cabe la confusión entre la persona real y la narradora de sus cuentos. Sin duda habrá similitudes, yo también las encuentro, pero sería quitarle el carácter de literatura a este libro si supusiéramos, ingenuamente, que ella nos está contando nomás, con su gracejo habitual, una de sus sabrosas anécdotas. Sí, lo está haciendo, quizá, pero esta vez con una profundidad que las lleva mucho más allá. Con una profundidad que las descentra de su persona y las eleva, diría yo, a la categoría de lo universal. Y por eso esa sensación de presente absoluto. No son cosas que han pasado y ella nos cuenta; son cosas que están pasando en el momento en que las leemos. Cosas que nos están pasando, entonces. Estos relatos son objetos textuales con una fuerte vida propia, y si se los narrara de otra manera, dejarían de ser. Porque –e importa mucho señalarlo- Beatriz domina como pocos la estructura narrativa. Sin ese manejo extremadamente hábil de la estructura, perderían todo su valor. Valen, entonces, porque son literatura. Textos autosuficientes, a los que no es posible agregar ni quitar nada. Sé porqué lo digo; alguna vez Beatriz me ha pedido que la ayude a corregir, y me ha resultado difícil señalar errores, proponer modificaciones. Dan ganas de encogerse de hombros y decirle “así está bien”.
Y vuelvo a lo que expresé al principio: me parece que Beatriz merece un mayor reconocimiento como artista –eso es lo que es. Tengo que decir, y parecerá publicidad, pero yo sé que no, o que no es mi única motivación: Los diarios de Zulema se inscribe, con comodidad, entre los mejores libros de relatos que se han publicado en este país en los últimos años. Por eso recomiendo su lectura, y lo haría aun si no conociera en persona a Beatriz. Créanme. No suelo mentir en estas cosas, porque son demasiado importantes.

domingo, abril 05, 2015

SMITH mencionado (al pasar) en una reseña

http://laculpalatuvomanuchao.blogspot.com/2015/03/diseccion.html

Gabriel Peveroni reseña "La novela del cuerpo" de Rafael Courtoisie y comenta que podría dársele a ese novela -y a "Smith"- más atención. Algo así como: César Aira y Mario Bellatín son raros y extranjeros y se les presta atención; Courtoisie y Paredes son raros y nacionales, y no tanta. Interesante.