Aunque es una figura que la Historia no olvidará (al fin y al cabo fue una de las principales propulsoras del renacimiento de la fuerza ideológica de la derecha, y todavía somos parte de esa época, quién sabe hasta cuándo), no me interesa aquí analizar demasiado la trayectoria de esta señora.
Me interesa, en cambio, los raros recuerdos que su muerte me suscita.
Me recuerda a las profesoras del colegio inglés al que concurrí durante tantos años. Uruguayas -nada parecidas, físicamente, a las inglesas- que no sólo debían sino que parecían gozar de hablar todo el tiempo en inglés, incluso durante los recreos, incluso entre ellas. No sólo debíamos anteponer, al dirigirnos a ellas, el "Mrs." antes de sus apellidos (generalmente "Rodríguez" o criolladas por el estilo), sino que debíamos hablarles en inglés en cualquier ocasión, y no sólo tomaban siempre el té sino que adquirían un impostado aire de lo que suponían, imaginaban, creían, soñaban que era típico de una dama inglesa. Una dama, entiéndase; no una mujer inglesa. La diferencia es vasta.
Porque se les notaba la delectación en la sutileza perversa de la expresión facial. Ese ejercicio suave del desprecio que, por cierto, podía uno percibir también en la gestualidad de la propia Margaret Thatcher. La "dignidad" de una dama que se siente íntimamente superior a esos plebeyos inútiles que la rodean. En fin. No son buenos recuerdos.
Y si soy injusto con las altas señoras británicas, lo lamento; no dudo que las habrá bondadosas y cordiales, pero aquellas profesoras, en conjunto con la imagen de la legendaria primer ministro, no me predisponen a favor de un retrato más amable.
A fin de cuentas, tanto mis profesoras como la Thatcher eran, para decirlo uruguayamente, unas viejas de mierda.