martes, enero 07, 2014

Cuba, 2014

Si me preguntaran, diría que Cuba es, en algún aspecto, un mejor país que el Uruguay. Ese aspecto tiene todo que ver con la conciencia cívica. Digan lo que digan sobre el socialismo (incluso, digan lo que digan los cubanos sobre el socialismo) ha logrado una sociedad mucho más integrada, sin tantos contrastes, y sobre todo, cuestión esencial, sin marginalidad. Hay pobreza, hay desesperación, pero no esa violencia latente que impera entre nosotros. Y no me refiero sólo a la delincuencia (realmente baja en Cuba), sino al trato cotidiano y callejero entre la gente. El país está lleno de cuentamusas y de buscavidas, pero incluso ellos son ingeniosos, amables, educados y agradables, de una manera que aquí sería inconcebible.
No sé cuál es el futuro de Cuba. Se encuentra en un momento de cambios. En todo caso, deseo de corazón que hagan lo que hagan no pierdan esa capacidad para la convivencia que les dio, objetivamente, el socialismo.

sábado, noviembre 16, 2013

El negocio de las ideologías

Empiezo por decir que nunca fui un "fan" de las ideologías. Y que esa palabra, "fan", para mí siempre definió bastante bien la impresión que me generan las personas muy afectas a cualquier sistema precocinado de pensamiento: "fans", un "club de fans". Pero con los años, y contra lo que supuse en algún momento (porque no soy tan cerrado que no acepte algún futuro con alguna posible alteración de mi manera de ver las cosas), el apego firme a una ideología me espanta todavía más.
Me refiero, obviamente, a un apego dogmático y negador del otro. Yo tengo mi ideología literaria y científica, por ejemplo, y no me parece un problema serio. Además, raramente me peleo, es decir de veras, por esos asuntos. Trato de entender las posturas ajenas, incluso discutiéndolas (o incluso, para discutirlas). En todo caso es fascinante (aunque también deprimente, por momentos) constatar las diversidad de las opiniones, que es la diversidad humana. El problema, empero, lo que realmente me preocupa y enoja, es la grupalidad absoluta que está en el corazón de la ideología cerrada. Me encuentro con alguien y escucho sus "opiniones" que al fin no son suyas; está repitiendo como un robot programado... por otros. Y esos otros, a su vez, también parecen programados. En el tope de la pirámide, programándolo todo, está el dinero. Siempre. Cuando veas hordas de personas que piensan todas de igual manera y por eslóganes y con pancartas y sin demasiada coordinación entre una premisa y la siguiente (o con férrea y simplista coordinación), estate seguro de que alguien, en algún lugar, se está beneficiando con ello.

(Y lo admito: en el último párrafo tal vez cometo lo que denuncio: saltar de una premisa a la otra sin mayor articulación, y afirmar férreamente, de manera simplísma, la unión indiscutible de las premisas. Pero lo hago más bien por pereza. La cuestión del dinero -o mejor dicho, del beneficio de algunos- y su relación con la ideología seca y emperrada, queda para otro post).

lunes, octubre 28, 2013

La enorme mano

A veces noto, sobre todo cuando camino demasiado, que las articulaciones de la pierna izquierda, esa que me lastimé hace un año,  crujen un poco. No es un ruido sino una sensación interna que me preocupa. De todas maneras, visto desde afuera,  pareceré un hombre de mediana edad, no diferente a otros, y en todo caso un poco más juvenil que otros.
Pero yo sé de la pierna. Y me parece que lo sabrán los demás. No es cierto, y cuando paro, ahora, frente a la vidriera del pequeño local en la Ciudad Vieja, me olvido del asunto aunque los objetos coloridos bien podrían recordármelo. Son lámparas, portalápices, portaretratos, pequeñas bibliotecas que, en esencia, intentan copiar o parodiar el estilo de los años setenta. Y yo viví en los años setenta, tenía siete años cuando empezó la década, pero los objetos de la vidriera me gritan que no son para mí. Que son para quienes nacieron mucho después y creen que aquella no fue una época sino un mito del que burlarse y al que admirar. Están equivocados. Los años setenta, su sabor, eran muy distintos y más monocromáticos.
Recuerdo los muebles de mi casa. Casi todos negros, cuadrados, rectangulares. Una casa decorada a regla y escuadra. La pesadez de las cosas: los teléfonos, las alfombras, los sillones, los televisores. No recuerdo nada rojo ni amarillo; todo era verde oscuro, blanco amarronado y negro, siempre negro. A mis compañeros de clase mi casa les parecía “moderna”.
Ahora que vivo en un apartamento antiguo, realmente antiguo –edificio construido en los años treinta- encuentro que esos muebles heredados reciben la admiración de la gente joven que me visita. “Qué retro”, exclaman, yo diría que con placer. La tolerancia que dan los años me permite recibir con una semisonrisa los halagos… Porque sé, lo he comprobado, que gustan de las formas y no se interesan por la realidad. Ninguno de ellos, jamás –y podrían hacerlo, me saben condescendiente- me preguntó sobre aquella época. A lo sumo, alguna anécdota genérica y a fin de cuentas inane sobre la dictadura. Porque si bien hubo una feroz dictadura, no fue lo único, ni, para mi gusto, lo principal. Mi imagen de aquellos años son, sí, estos muebles, y cierta curiosa uniformidad en las maneras y el pensamiento que eran, en efecto, producto de la dictadura pero en esa época nadie lo entendía así. O al menos, nadie que me rodeara. Pero creo que tampoco la gente de izquierda; no plenamente. Es imposible conocer cómo es por fuera la enorme mano que te tiene atrapado.
Y esa enorme mano es la que tiene, ahora, atrapados a estos jóvenes.

viernes, septiembre 20, 2013

(fragmento de un cuento invernal)

(...)
¿Cuánto tiempo más se podía esperar? Los pies ateridos dentro de las botas, las manos torcidas dentro de los bolsillos, los cuellos acogotados por bufandas inútiles. Talía se paró, miró a todos desde su altura, el pelo largo y amarillo al viento, y declaró:
-No me quedo.
Esa voz sonora,  que te hacía sentir inferior aunque te resistieras.
(...)

lunes, agosto 26, 2013

Y más, más autobombo

Prometemos que por mucho tiempo nos refrenaremos de intentar imponer nuestro nombre y apellido a la conciencia pública. Pero, por el momento, nos vemos obligados, en el mismo día, a un segundo posteo publicitario acerca de nosotros mismos. De eso se trata el cartelito de ahí abajo. En fin...
(cliqueen para agrandar)

(Un detalle: "sicólogo" va con pe, muchachos).

Autobombo una vez más

Los lectores frecuentes de este blog sabrán que no somos enormes fanáticos de la autopromoción -que suele causarnos, cuando la observamos en otros, una suerte de vergüenza por  la especie humana-; pero no ignoran que llegado el caso, con moderación y cuando nos conviene, nos permitimos caer en ella hasta con total desparpajo. Así es la gente, ¿no?
Bueno, el cartel de ahí abajo tiene ese sentido. Qué le vamos a hacer.

(cliqueen para agrandar)

sábado, junio 29, 2013

El pozo

Hay lo que uno supone sería sorprendente si le ocurriera, y cuando ocurre es más bien distinto. Digo, en mi caso, caer en un pozo.
Uno duro y material, no blando y emotivo (si bien lo emotivo está presente cuando uno se hunde donde debía haber habido piso).
Para no alargar, me fascinó que la vereda, la calle, las casas, los árboles se elevaran hasta quedar a la altura  de mi nariz. Era, explico, un pozo mal tapado de la empresa de telecomunicaciones. Afortunadamente, en su interior no había cables conectados ni objetos verticales y agresivos.
De todos modos, me rajó una pierna. La tapa de hierro, al caer conmigo.

Anestesia, cinco puntos en la herida, la orden de permanecer acostado "con la pierna más alta que el corazón". Luego, el bastón. No una orden, sino una ocurrencia. Reposaba como una coquetería al costado del mueble con espejo de mi mujer, en el dormitorio. Lo empuñé y fue un alivio.
Al salir a la calle, temí o preví miradas conmiserativas, de esas que marcan el espíritu. No comprobé más que algunas muy vagas, rápidas y más bien civilizadas, y la también civilizada actitud general de alejar los cuerpos unos centímetros para no incomodar mi paso. No causé otra sensación. Todo muy como debería ser todo siempre. Así que la situación anormal resultó más normal que la normalidad frecuente. Hasta diría más acogedora. Recomiendo que, alguna vez, caminen por la vía pública con un bastón. Además, hay algo digno y sofisticado, poco ortopédico, en esa ortopedia. Uno puede imaginar que los otros se apartan un poco para dejar pasar a un gentleman.