De vacaciones en La Pedrera. Por la calle principal (casas bajas y antiguas perdidas en una larga serie de comercios, bares y restoranes coquetos), bajo el intenso sol que se siente sobre todo en la nuca, voy contando el dinero de un vuelto; al parecer me dieron de más; cuento de nuevo, diciéndome (sin alegría, pues había mucha gente en el supermercado y si demoraron en cobrarme, demorarán en atenderme para el sencillo trámite de la devolución del sobrante) que deberé volver sobre mis pasos. Sin embargo, no estoy seguro; no recuerdo el importe exacto de mi compra. Busco entonces el ticket en la bolsa de plástico, pero está húmeda a causa de los paquetes de papel con los fiambres y los quesos, y fría a causa de la gran botella de agua mineral, y no lo encuentro. Mientras, debo evitar, subiendo de a ratos a la vereda (no siempre transitable, por estrecha y por la gente que viene en sentido contrario), a las enormes camionetas cuatro por cuatro que se acercan y ocupan casi por completo la calle. Así llego hasta la rambla; y me deslumbra el paisaje largo y ancho, la playa y las rocas después de la barandita de mojones blancos. Voy hasta uno de los bancos miradores; me digo que me sentaré y buscaré con tranquilidad ese ticket, pero desde luego, una vez sentado, sintiendo el fresco en la cara, olvido no sólo la posibilidad de un vuelto excesivo, sino la mera existencia del dinero en el mundo.
Más tarde, reflexionando, me digo que de eso se tratan las vacaciones.

